By Matias "menos sangre que un bicho bolita" Halfon
No fue un clásico más. La previa fue más picante que de costumbre. Amenazas por aquí, insultos y réplicas por allá, reproches, elogios y hasta flemas voladoras de protagonistas. Pero si decimos picante hay que saltearnos la previa y hablar directamente del partido. Picante es un ají, una cebolla, la comida mexicana y también una nenita de 16 años con ojitos dulces. Picante son muchas cosas, pero nada más picante que un rústico. Un buen rústico.
Entre caras de perro, cargadas y falsos precalentamientos con rodilla arriba comenzó el gran clásico oficial de los miércoles por la noche. De un lado, el A. Del otro, el B. A la derecha del campo: sacrifico, habilidad y gol. A la izquierda: habilidad y una cuota de mala suerte letal. El encuentro comenzó a puro gol. Los arqueros no estaban pintados, directamente eran murales de Miguel Ángel y Quinquela Martín. Los defensores estaban transformados en cuatro carriles de una sola mano cuál autopista hacia el centro. En ningún momento se les cruzó interrumpir un ataque del equipo contrario.Los delanteros... los delanteros simplemente estaban endiablados. Pelota que tocaban, pelota que besaba la red e inflaba de orgullo las gargantas. Grito a grito. Gol a gol. Así de peleado estaba el gran clásico. Para que puedan imaginárselo mejor, uno de los jugadores del equipo A recibió un pelotazo lanzado con exactitud desde su propia área y la paro con el pecho. Contrariamente a lo que sucede siempre, la pelota no se pinchó sino que se quedó suspendida en el aire. El delantero, de gran temple, dejó caer su cuerpo, y ante la mirada atónita de toda la defensa (nadie, estaban todos arriba) elevó su pierna izquierda y sacó un chutazo que dobló las manos del guardameta. Terrible. Terrible, terrible y terrible. Pero esa no fue la nota de la fecha. El equipo B no quiso quedarse atrás y se mandó al ataque. Su jugador más habilidoso retrocedió y agarró la pelota en mitad de cancha. Todo parecía ir bien... pero como la mayoría de las veces... perdió la pelota. Se venía un nuevo gol del A y una catarata de insultos razonables... Pero apareció él. El único con alma de guerrero maya. Y en el momento en que el delantero se disponía a convertir, el gran player se puso la pechera de Robocop y barriendo como escoba nueva, se arrojó a las canillas del rival y recuperó el balón exitosamente.El nuevo Robocop ahora tenía la pelota en su poder. No era hábil, no era preciso, no era goleador y los sabía. Sus compañeros también lo sabían, quizás por eso le reclamaban la pelota a gritos antes de que una nueva catástrofe sucediera. Robocop no la largaba. Nadie sabe si era por testarudo o porque no sabía que hacer con el instrumento ovalado de cuero. Pasaban los milisegundos y los contrarios se acercaban a disputarle la Nº 5. Pobres. No sabían lo que les esperaba. A medida que se acercaban, Robocop adelantaba unos centímetros la pelota para poder trabarla a las patadas y sacárselos de encima. No quedó uno de pie. Desparramaditos y tiritando por todo el campo de juego estaban los del A. De pronto, Robocop, se encontró solo frente al arquero. Nunca antes en su vida le había sucedido algo semejante. ¡Un mano a mano! ¿Qué era eso? ¿Acaso algo bueno? ¿Tan bueno como una patada? La cosa que todos le gritaban lo que tenía que hacer: “¡Pasala!”, “Tirale a colocar”, “¡Metele bomba a un ángulo!”, etc, etc. Por un instante el batallador de los botines se sintió abrumado... pero ese sentimiento no vivió mucho en su cabeza. Miró fijo la pelota. Tomó carrera (¡si, tomó carrera como en un penal!) y sacó un derechazo fulminante que fue a dar justo en la nariz del arquero.
Con el arquero sangrando y ya vencido en el piso, Robocop hizo lo que tenía que hacer: pasó la pelota a un compañero y volvió rápido a defender. Su esencia lo traicionó. ¿Un gol? De que le hablan, lo suyo eran, son y serán las patadas. En hora buena y más que nunca, bienvenidos lo rústicos.
Entre caras de perro, cargadas y falsos precalentamientos con rodilla arriba comenzó el gran clásico oficial de los miércoles por la noche. De un lado, el A. Del otro, el B. A la derecha del campo: sacrifico, habilidad y gol. A la izquierda: habilidad y una cuota de mala suerte letal. El encuentro comenzó a puro gol. Los arqueros no estaban pintados, directamente eran murales de Miguel Ángel y Quinquela Martín. Los defensores estaban transformados en cuatro carriles de una sola mano cuál autopista hacia el centro. En ningún momento se les cruzó interrumpir un ataque del equipo contrario.Los delanteros... los delanteros simplemente estaban endiablados. Pelota que tocaban, pelota que besaba la red e inflaba de orgullo las gargantas. Grito a grito. Gol a gol. Así de peleado estaba el gran clásico. Para que puedan imaginárselo mejor, uno de los jugadores del equipo A recibió un pelotazo lanzado con exactitud desde su propia área y la paro con el pecho. Contrariamente a lo que sucede siempre, la pelota no se pinchó sino que se quedó suspendida en el aire. El delantero, de gran temple, dejó caer su cuerpo, y ante la mirada atónita de toda la defensa (nadie, estaban todos arriba) elevó su pierna izquierda y sacó un chutazo que dobló las manos del guardameta. Terrible. Terrible, terrible y terrible. Pero esa no fue la nota de la fecha. El equipo B no quiso quedarse atrás y se mandó al ataque. Su jugador más habilidoso retrocedió y agarró la pelota en mitad de cancha. Todo parecía ir bien... pero como la mayoría de las veces... perdió la pelota. Se venía un nuevo gol del A y una catarata de insultos razonables... Pero apareció él. El único con alma de guerrero maya. Y en el momento en que el delantero se disponía a convertir, el gran player se puso la pechera de Robocop y barriendo como escoba nueva, se arrojó a las canillas del rival y recuperó el balón exitosamente.El nuevo Robocop ahora tenía la pelota en su poder. No era hábil, no era preciso, no era goleador y los sabía. Sus compañeros también lo sabían, quizás por eso le reclamaban la pelota a gritos antes de que una nueva catástrofe sucediera. Robocop no la largaba. Nadie sabe si era por testarudo o porque no sabía que hacer con el instrumento ovalado de cuero. Pasaban los milisegundos y los contrarios se acercaban a disputarle la Nº 5. Pobres. No sabían lo que les esperaba. A medida que se acercaban, Robocop adelantaba unos centímetros la pelota para poder trabarla a las patadas y sacárselos de encima. No quedó uno de pie. Desparramaditos y tiritando por todo el campo de juego estaban los del A. De pronto, Robocop, se encontró solo frente al arquero. Nunca antes en su vida le había sucedido algo semejante. ¡Un mano a mano! ¿Qué era eso? ¿Acaso algo bueno? ¿Tan bueno como una patada? La cosa que todos le gritaban lo que tenía que hacer: “¡Pasala!”, “Tirale a colocar”, “¡Metele bomba a un ángulo!”, etc, etc. Por un instante el batallador de los botines se sintió abrumado... pero ese sentimiento no vivió mucho en su cabeza. Miró fijo la pelota. Tomó carrera (¡si, tomó carrera como en un penal!) y sacó un derechazo fulminante que fue a dar justo en la nariz del arquero.
Con el arquero sangrando y ya vencido en el piso, Robocop hizo lo que tenía que hacer: pasó la pelota a un compañero y volvió rápido a defender. Su esencia lo traicionó. ¿Un gol? De que le hablan, lo suyo eran, son y serán las patadas. En hora buena y más que nunca, bienvenidos lo rústicos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario